Una mariposa vuela de un punto a otro, se posa muy brevemente, parece mirar en derredor e invitar a seguirla, sigue el camino. Si no la sigues vuelve cerca, como para apremiarte, pero si vas en pos de ella es esquiva y toca apresurarse para seguir su discurso alado y silencioso. Antes o después siempre te deposita en un destino significante, no porque la mariposa sea mágica o esconda una inteligencia mayor que la que le fue asignada. La mariposa es sólo una mariposa, con su función, su belleza lejana y su cercanía de oruga de pelos de colores. La razón por la que la mariposa te lleva a un destino si accedes a seguirla está en ti, en tu capacidad de dejarte llevar por esos pensamientos normalmente enterrados bajo todo un manto gris de cotidianidad y pragmatismo. Si lo haces, afloran deseos, intenciones, ideas incluso creativas, que salen tan disparadas de tu cabeza que acaban aterrizando sobre algún lugar u objeto que se cruza en tu camino, o en el de la mariposa a la que estás siguiendo. Y entonces te parece que ese lugar concreto, ese objeto, tiene un significado especial, que te recuerda a algo, que te hace pensar y producir un destello, aunque en realidad sólo estás mirando de frente un pequeño tesoro que salió de ti.

La próxima vez que veas una mariposa, y te dejes llevar, permanece atento al camino. Quizás así aprendas a pensar sin necesidad de estar distraído.

Llevo tanto tiempo dentro de esta caja. El olor a cielo me llueve a través de aquel angosto agujero que sólo puedo mirar de reojo.

El otro día una gota mojó mi frente; creí que llegaba por fin la lluvia. Era sin embargo tan cálida y densa que no podía ser más que una lágrima. Grité un silencio sin aliento para poder oír cada capa de esta historia. No tuve que esperar mucho para ser atronado con las estridencias mecánicas de un aluvión de planos pensamientos. En mi preso anhelo de sensatez busqué un átomo de presente; mis manos pasaron frenéticas las páginas de un libro imaginario que versaba de diversidad, pero sus hojas se deshicieron como polvo entre mis dedos antes siquiera de llegar a existir. Al final sólo quedó una dura tapa, igual por sus dos caras. Sin capas, sin historia.

Son muchas horas esperando que el mundo sea como nunca ha sido. Son demasiadas indolentes razones para permanecer inactivo. Al menos ahora sé que no hay en el árido ring idea tan fuerte como la del peso de la mayoría.

Uso esta tapa tan plana para romper a golpes mi crisálida. Ya no me duele puesto que no he logrado ser más mariposa que gusano; ¿quién de entre tanto vendado quiere de todas formas mirarme a las alas? Atisbo entre el polvoriento nido de sombras en perpetuo quehacer, y al poco te veo. Nos abrazamos profundo para ser más de dos. Y entonces atisbo, por el rabillo del ojo, una luz distinta, un chorro de agua y una vida fresca. ¿Será que esto sólo es otra caja, será que hay que llegar más arriba?

 

Cuando teníamos mucho tiempo nuestras vidas eran parcas. Ahora el tiempo es poco para tantas luces de neón.

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Quizás somos los mismos, en otros cuerpos; y seguimos chocando contra los mismos cristales tozudamente fríos, a veces ardientes.

Quemaré mis alas una y otra vida en pos de ti.

Hasta que me encuentre.

 

Silencio. 1 de n: llego a lo recondito

Después de dos días de adentrarme en lo recóndito llegué a un pequeño pueblo. Lo recóndito no era ya una selva impenetrable; ni un pico cuyo ascenso requiere obsesión monocroma y privilegios de hombre libre.  Todo eso ya había sido hollado, literalmente pisado, y también virtualmente hollado, hasta convertirse en lugar común mil veces leído, visto y vestido. El reducto de lo recóndito se hallaba en un remanso de la corriente, lugar olvidado por los coleccionistas de postales y posturas, sin interés para esos fingidos aventureros modernos que a fuerza de querer mostrar y contar todo a todos se quedan sin decir nada. El pueblo era de áridos contornos y poco fotogénico; allí la incomodidad no era industria ni moda.

Llegué al filo de la primera tarde, cuando empieza el desperece de la siesta, literal o esquivada en un banco a la sombra, y en las caras de los sujetos se refleja el estupor del regreso a la velocidad de arranque. Por supuesto que suscité miradas: interrogantes, de extrañeza, divertidas e incluso esperanzadas en el refresco de la novedad. Nunca fui perspicaz para conocer al primer golpe de vista, pero sin huir de la primera impresión creí intuir que el lugar no estaba contaminado por lo que se espera de él, y las personas que allí vivían lo hacían en impuesto aislamiento, sin saber siquiera que hubiera un más allá de allí. Sin pensar en pensar, a fuerza de rutinas.

Yo, con mis maneras cargadas de jirones de personas que fui o pretendí ser, con tanta consciencia de cada movimiento y tantas revueltas en mi cabeza para intentar ver lo que soy, lo que podría ser, lo que estoy siendo. Debí parecerles un montón de ruido, caminando hacia una puerta tras la que esconder por la noche mi desnudez ingrávida.

Me tomaron por el dios del infinito.

“Por ahí he visto tanta alegría, con la mirada llena y la cabeza vacía.” Pedro Guerra

Es curioso como la vida te vacía por dentro. Todas tus aristas se van redondeando para que encajes mejor en un ambiente romo, tan predecible que te hace confundir el café con amigos de la semana que viene con la cena de hace dos. Con la pérdida de tus pliegues pierdes poco a poco tu identidad. Ya no hay abrazos sentidos cuando te reencuentras con ese amigo, porque él ya abrazó a otro hace tiempo; y cómo distinguir sus brazos de tus brazos… La rutina aturde, amortigua, te deja en las raspas de unos pocos gestos comunes.

La edad nos templa; no somos más sabios, decimos las mismas tonterías con menos pasión.

La lucha, la verdadera lucha, no es esa constante reafirmación de nuestros clichés que excretamos instintivamente a la vista de los diferentes. La lucha tiene mucho de interno y algo de externo, de movimiento constante buscando la resonancia con un mundo que cambia, nos cambia y se alimenta de nuestros cambios. Si no estás aquí para aprender algo has perdido tiempo, tu tiempo y el de tantos otros con los que te cruzas a diario.

Me decías hace unos días: floreros llenos, cabezas vacías. No puede llegarte ni llenarte quién está vacío por dentro; para llenar hay que tener, ser, rebosar.

Muévete; anda, corre, camina.

“Nadie sabe… lo que andamos buscando
si un salto hacia la luz
o si nos vamos marchando…” Pedro Guerra

nadie sabe

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…pero un día el viento sopló más fuerte y el castillo se derrumbó como si estuviera hecho de naipes. Muchos, los que vivían en él y directamente de él, quedaron de pronto sin recursos, sin ideas, y sin viviendas. El resto, al principio, no se inquietó demasiado.

Estaban los que pensaban que se había cumplido algún tipo de profecía, en la que se castigaba a aquéllos que habían sido poco previsores, que en los tiempos de bonanza habían abusado, y ahora pagaban las consecuencias; si hubieran ahorrado en vez de gastar todo lo que ganaban ahora tendrían suficiente para vivir un tiempo. «Todos sabíamos que el castillo no duraría para siempre».

Estaban también los que se compadecían de una situación que realmente pocos habían vaticinado, y entendían que le podía haber pasado a cualquiera, ya que casi todos los habitantes del feudo también vivían al día, gastando todo lo que ganaban: un buen día te levantas viendo que ha desaparecido tu medio de vida y de pronto te ves inmerso en la ruina. Pero tampoco se sintieron amenazados, ya que ellos “” se dedicaban a labores demandadas, que requerían una preparación que no todos tenían… Se creyeron contemplando un tsunami desde un avión que sobrevuela la costa.

Y así, como un tsunami, avanzó la ola de la escasez, alcanzando a todos. Bueno, a todos no; los que habían vivido en el castillo encontraron la forma de seguir disfrutando de sus privilegios, sin mermar ni un ápice los diezmos reclamados. El debate se centró entonces en cómo los señores podrían mantener sus ingresos cuando parte de los lacayos no podía ya pagar nada.

Comenzó con los primeros, los que desempeñaban ese trabajo que para la mayoría de la gente, incluso para algunas personas que habían volado ocasionalmente, resultaba tan invisible como para no haber ocupado nunca un minuto de su reflexión consciente. Muchos estuvieron de acuerdo en la embestida: en lo sobrevalorado de  sus emolumentos, en la corrupción que parecía rezumar de sus actividades, en la nimiedad de su contribución a la sociedad. La decisión era unánime: recortar sus alas. Y no todos se equivocaban, ni con todos, aunque ésa no era la cuestión, la cuestión era quién sería el siguiente.

Para los segundos ya no se apuntó tan alto, al menos según la escala social vigente en el momento. Los eligieron, no sin intención, por ser uno de esos trabajos que muchos se afanan en criticar y pocos se avienen a probar. La estrategia se basó esta vez en aprovechar las ascuas de la envidia popular para encender la hoguera de la caza de brujas. Y al igual que siglos atrás las llamas se habían tragado a herboristas, médicos y ateos, ahora se ennegrecían pizarras y libros, desdeñosos los incendiarios del precio de la ignorancia. Las masas bulleron con la noticia, y aquéllos que jamás habían intentado siquiera desgranar una manzana fueron los que más vocearon lo fácil que es desmenuzar una granada. La herida fue más allá del simple hachazo, porque hasta los niños, capaces de asumir con naturalidad nuestras iniquidades más retorcidas, se plantaron delante de los maltrechos con aire apático, saliendo de su entumecimiento sólo para recoger con desgana algunas letras sueltas y fabricar con ellas balas, en lugar de palabras. Y así fue como los segundos tuvieron que blindar su corazón y su cerebro para convertirse en dispensadores de letras; letras que ya nadie recogía, ni parecía reconocer como parte de aquéllo que nos hace más humanos: el lenguaje.

Con los terceros se acabó el respeto, que por tantos siglos los había mantenido en el lado ortodoxo de las creencias. En los ojos de muchos volvieron a ser esos oscuros pocimeros que ocultan aviesas voluntades tras enmarañadas explicaciones en defensa de la incertidumbre. Y no fue, seguramente, porque las explicaciones fueran ahora menos inteligibles o la duda más omnipresente, sino porque la masa se había vuelto tan fanática de la inmediatez que no podía comprender aquello que requería siquiera un pequeño discurso. La desgracia de los terceros se concretó en males para todos, más profundos, más dolorosos. Y así, los terceros aprendieron a fijar la vista en la mesa, en periodos de tres minutos, para no infartar su mente con miles de rostros sin esperanza.

La cuarta ola de agravios democratizó, en el sentido más descarnado, el alcance de sus misiles. Los cuartos no tenían profesión determinada que desprestigiar, ni emolumentos sustanciosos o reducidos, ni una característica común mucho más allá de un mal nombre que a fuerza de burlas había mutado su significado para ser sinónimo de vago, despreocupado, cómodo, truhán viviendo su sinecura con el mayor de los descaros. La injusticia del pensamiento superficial quebró siglos de luchas sociales que por fin habían empezado a cristalizar en forma de estado. Golpes duros que recibieron de muchos, empecinados en ver en ellos, por fin, el chivo expiatorio que alejaría la peste de la ruina.

¡Qué equivocados, qué tristes ignorantes marionetas de los poderosos! Cuando por fin llegó a ellos, miraron a su alrededor buscando aún otra diferencia que los salvara de la ola; pero ninguna diferencia podía ya librarlos de su avance imparable, porque era precisamente con diferencias con lo que el ejército enemigo ganaba sus avances.

Por fin, la ola alcanzó a todos; a casi todos. Y todavía muchos no se dieron cuenta de que mientras más se enzarzaban entre ellos, con comparaciones ruines y envidiosas sobre quién debía penar más para expiar la inventada culpa, más lejos quedaba la esperanza del bienestar. Y así la comodidad se alejaba del pueblo, como se aleja una rama de la mano del desesperado que, tratando de escapar de arenas movedizas, se mueve frenético para hundirse más profundo.

Los últimos latigazos azotaron al fin a algunos pocos náufragos con balsa, para los que el pueblo acuñó el término de privilegiados. En el mismo saco caían tanto unos, que con su esfuerzo y cordura habían conseguido un colchón mullido para sus hijos, como otros, que a fuerza de ser caraduras se colgaban de las ramas más altas mientras aullaban como simios descerebrados. Ya nada importaba, la masa avanzaba casi ciega, inercial, como los millones de gotas que forman una ola ensordecedora. Los ideales del progreso quedaban atrás; unos y otros sólo reconocían a los de su clase por el olor rancio de instintos recuperados. Los pobres querían más pobres, en un ansia democrática de extender la desgracia, tan parecida al amargor de un estómago vacío de recursos, y de ideas. Los ricos querían más pobres, coincidiendo esta vez plenamente con el sentir de un pueblo, que sin saberlo les servía de abono perfecto en temporada de plantar oligarquías. Ellos bien sabían, o quizás intuían con ese buen olfato de los que no sienten ningún escrúpulo, que estigmatizar la comodidad era el escondite perfecto para los que aún podían permitirse disfraces.

Un país rico, de repente fue pobre. Todos lo creyeron, y solo desearon que nadie, nadie destacara con la mínima riqueza. La riqueza entendió, se ocultó bien detrás de ropas sin gusto y consignas muy simples; se arrellanó en un rincón oscuro, se convirtió en un ente menos disperso, engordó y se hizo más grávida.

No, no creas que fue al unísono, que el pueblo se volvió homogéneo por una vez. Imagina millones de personas, cada una con sus vivencias, su edad, sus circunstancias, sus conocimientos y su mente. Tampoco creas que la rueda dejó de girar y que el mundo se volvió de repente una esfera perfecta.

Todo momento es una transición entre el momento anterior, y el siguiente.

Stormy Weather

la historia, escrita sobre piedra, vista desde lo alto, desgranada en átomos;

a veces tan desconocida como una leyenda,

tan articulada, tan cautiva e inspiradora como un pueblo recóndito en el que no has de vivir. 

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Pero las ideas son presente y generan las corrientes de tu charco. Te asomas a esa ventana, que ya no cuelga sobre la calle, sino que es un símil del cristal, para ver con perspectiva la estela de los discursos vehementes, vertidos con entusiasmo lírico e inconsciente. Palabras, tan aplaudidas porque se lanzan directas contra el objetivo luminoso, pero que encierran una cruz de consecuencias no medidas, ni meditadas.

Cegados seguimos al nuevo líder, que no es otro que el viejo líder gritando el viejo discurso apabullante, vestido con piel joven, que tan bien oculta la superficialidad. Ávidos de hacer historia, olvidamos que muchos de los hechos que brillan en los libros están tejidos de momentos aterradores. Precisamente porque siempre fue más importante para el héroe matar al enemigo que salvar al inocente. Precisamente porque después de cada crítica a la abundancia siguió una época de casi democrática pobreza. 

Por eso casi deseo que la rueda se detenga, que no haya más grandes cambios ni revoluciones intensas, ni tenga yo que vivir hechos importantes para nadie, excepto para mí misma.