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Ayer me enamoré de un extraterrestre; él no conocía este mundo, ni yo conocía su forma. No puedo decir más, porque todo lo que diga será limitado.

Siento hambre… y amor. Es revitalizante detenerme en sensaciones conocidas para saborearlas como un destino, en lugar de tratarlas en mi trasiego como una etapa sin parada, solo necesaria para alcanzar otro estado; ése, el que tiene entidad por sí mismo, el que nosotros reconocemos como una forma que merece un nombre. Mi extraterrestre me ha enseñado muchas cosas, pero para mí ésta es la más valiosa. Es un arma poderosa y desestabilizante. Hoy, mientras bajaba las escaleras de mi casa, me posé un segundo en la no-comprensión: una masa informe de mente embarullada esperando que alguien tire del hilo para llegar al orden de una forma con nombre. Hasta ahora sólo había sido eso, una sensación, incluso desasosegante, desagradable, de la que deshacerse cuanto antes para no arrastrar a la mente al lado oscuro de la pequeñez, la impotencia, la ira o el derrotismo. La no-comprensión puede ser una forma por sí misma, sin más consecuencias, y se puede saborear, claro que sí, sin tener que huir de ella o desdeñarla con prisas.

Paradójicamente, al detenerme en la no-comprensión llegué a entender muchas cosas. Pero debieron ser sólo sensaciones, porque las he olvidado todas.

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Piensas, luego escribes. ¿Verdad que si?

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