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La red, sin miedo al vacio

El último día de universidad es una irrealidad hecha fecha, porque realmente no hay último día, sino un continuo goteo de días cada vez más vacíos de universidad y más llenos de otras cosas, las que vienen después. Hasta que un día ya está: ya estás fuera y la rutina universitaria desapareció de tu vida. Pero si es un día o treinta poco importa para lo que voy a contar. El hecho es que, hace años, existía la sensación de “el último día de universidad”; yo la sentí, y, en cierto modo, me inundó un poco el corazón de tristeza y melancolía.

Se trataba entonces de tiempos como los de ahora, no recuerdo grandes cambios; pero entonces no existían las etiquetas, o al menos no en la forma y profusión que existen ahora. Había retazos de información dispersa sobre personas que en aquel mundo eran relevantes, pero no podías, como ahora, cruzarte con alguien e inmediatamente tener acceso a su etiqueta, que lo contextualiza en el mundo y en sus redes. Hace años, las despedidas eran reales, porque realmente las personas podían desaparecer. Un número teléfono era muchas veces lo poco que guardabas de una amistad ligera, de ésas que no riegas cada poco, pero de las que te gustaría seguir teniendo noticias de vez en cuando; o incluso poder localizarlas en el momento en que el aroma de un buen rato te llene de anhelo. Pero un número de teléfono es un pedazo de información muy voluble, que vuela de una mano a otra, cada vez más, al igual que una dirección postal. Todo está en movimiento como en un continuo juego de las sillas en el que la esencia de la persona ya nada tiene que ver con magnitudes físicas estáticas. ¡Qué fácil era perder un rastro!

No sé si las etiquetas mejoraron la movilidad de las personas o fueron una respuesta obligada a la necesidad de lazos en un mundo en movimiento. Ahora no imagino el vuelo de las aves sin el rastro de señales, y no sé para qué más se podrían usar las señales sino para que tú y yo no nos perdamos nunca.

Con el tiempo he confiado en que nada es definitivo, y que casi cualquier pérdida es reversible si buscas con suficiente afán. Vivo más ligera, la alegría y la despreocupación son una fuente de diversión segura si encuentras el humor para disfrutarlo contigo mismo o si, mejor aún, flotas ligero sobre el enjambre en la compañía de un genio de mente maravillosa; deliciosamente rápida, fresca y maliciosa. La risa es perfecta.

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Piensas, luego escribes. ¿Verdad que si?

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