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Como los inmortales de Borges siento mis sentidos saturados; mire donde mire sólo veo reflejos de una imagen que ya conozco.

Ellos nunca han llegado a entender que los hombres grandes parecen peligrosos en los ojos de sus contemporáneos. Será por eso que siento un profundo agotamiento cuando leo las cosas de los hombres de mi tiempo y las letras se confabulan para repetir el mantra “esto no es más que otra repetición; nada es nuevo, todo ha ocurrido antes”. Y el mantra es en sí mismo otra repetición.

Tiene sentido, o todo encaja. Porque en realidad el mundo no es más que un reflejo del hombre, de cada hombre y de todos los hombres. O más bien la sociedad lo es; el mundo es algo mucho más amplio, más rico, libre y salvaje; el mundo lo es todo, el hombre sólo un parásito. Y la sociedad, reflejo del hombre, despliega siempre sus edades, sus miedos, sus crueldades, sus bondades, su belleza y su maravillosa inteligencia, en cada lugar y cada época. Los matices de la sociedad son casi infinitos, tanto como la variedad de hombres. Pero cada individuo es una combinación de un conjunto de instintos, que es finito, y es muy antiguo. Y la finitud acaba aflorando cuando se mira a la sociedad desde lejos, sin ver a los hombres, a cada hombre. De nuevo la imagen se parece tanto a esos pocos rasgos que nos hacen prescindibles, que la belleza parece recluirse en el corazón de unos pocos seres invisibles.

Pero no me engaño; yo también soy culpable, también soy responsable. Está dentro de cada individuo, también aquí, también a veces en mí, también mis actos han empujado el desequilibrio que nos ha traído hasta este momento. Cambiar la sociedad, borrar sus males, implicaría cambiar el rostro de la diversidad, borrar sus hombres, algunos hombres. La educación es una quimera; el idealismo y la subjetividad nos ciegan. La imagen del mundo está en la mente de los hombres, pero su rostro puede que nos sea por siempre desconocido. Y sin embargo, nunca aprecié tanto a una persona buena como después de haber conocido a un ladrón. Incluso si quisiéramos, incluso si pudiéramos, si comprendiéramos cómo hacerlo, ¿es ése el rostro de la felicidad? ¿No acabaríamos condenados al hastío de las cosas bellas?

Todo ha ocurrido antes, y volverá a ocurrir. El frío que nos agarrota dará paso a un verano que puede que nos llene de optimismo antes de agostar los campos. Y en medio habrá siempre al menos un día de primavera. Ése día estaré alegre, y seguramente algún día más antes de que acabe el invierno. A pesar del hastío de ver cada día el inmutable rostro acerado de este invierno.

¿Será que me he rendido? ¿Será que hace mucho frío? 

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Piensas, luego escribes. ¿Verdad que si?

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