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Aspiro el aire y huele a tierra y a árboles. Huele a campo fresco que empieza a tostarse con el sol de julio. Como siempre eso me llena de paz; y me llena de paz ver verde a mi alrededor; árboles, arbustos y otras plantas entrelazados en una composición variada y armónica. Oír sólo los ruidos de la naturaleza no-humana hace que otro yo aflore a la superficie, menos alerta, menos tenso por la inminencia de otro contacto social.

 

Afronto el paso del tiempo buscando un instante como éste, cada vez más lejos de las personas; menos de algunas, muy pocas, que son un círculo, no un rectángulo, que tiene esquinas.

La dificultad de intentar definir o describir la etapa actual de un viaje inacabado es que falta la perspectiva del tiempo, y también falta la perspectiva del tamaño de la etapa en la globalidad del viaje. Quién sabe, a lo mejor esto es una progresión hacia un estado de ánimo que identifica mi esencia madurada, final; o simplemente es otra etapa dentro de un ciclo de ciclos, que pasará y que se difuminará en otras sensaciones y otras querencias que ahora me parecen desterradas de mi ser.

Y está bien, como ejercicio de reflexión, como ejercicio de expresión, de distensión quizás. Lo escribo y me siento más limpia, más legitimizada para seguir con la rutina tantas veces absurda de no atreverse a explorar todas las infinitas posibles diversidades que en los actos de laureados científicos se pervierten y divulgan como planos juegos de ordenador. Mi imaginación actúa como tierra de escape en la que soy otra, más valiente y más coherente.

No es que no sea coherente en mis elecciones diarias, salvando esa imperfección inherente que nos hace ricos. Pero quien se limita a escoger entre las opciones existentes acaba viviendo la vida de tantos otros pobres hombres que vivieron la vida de otros, de todos sus contemporáneos, y antepasados en parte, y de ninguno de ellos en concreto. Y cada día mi vida se mueve entre las cuatro esquinas del rectángulo del marco en la pared, a veces con una sonrisa bonita, fiel a los valores que viven en mi mundo de las ideas desde que empecé a poblarlo cuando era una niña. ¿Pero cómo expresar las tres dimensiones en un escenario plano?

Actúa, me digo. Y entonces escribo para ordenar mis sensaciones . Y después estoy cansada y sólo quiero un placer simple de esos que no cuestan y que están al alcance de las dos dimensiones del cuadro. ¡Actúa ahora!

 

Sí, creo que eso voy a hacer. Si sólo supiera por dónde empezar…

– En mi imagen, hay menos personas en el mundo, y cada una tiene más espacio. Cada espacio está lleno de verde y el ruido humano es una elección, como el menú de cada día.

– Grandes cambios. Prueba con objetivos menos ambiciosos.

– ¿Es necesario concretar tanto? Se pierde la belleza de la libertad. Entras en la vulgaridad de lo cotidiano y la pobreza de miras y de perspectiva histórica.

– Imagina un cubo perfecto con una oscuridad perfecta. Dentro sólo existe el negro puro. Nacen allí y viven allí, hasta que mueren, seres con ojos, capaces de ver luz. Para ellos, una luz, aunque sea tenue, que les descubra las formas y los colores, es un cambio infinito. Y quizás por eso mismo una utopía, porque alcanzar el infinito desde cero requiere poner en acción una fuerza infinita, lo cual es pura teoría matemática, de esa que parece regir tan bien nuestras leyes físicas. Pero podríamos poner en acción una fuerza luminosa unitaria, un simple destello puntual en una esquina del cubo que fuera tan breve y tan concentrado que no llegara a iluminar más allá de su propio contorno de destello concéntrico e instantáneo. Ése es el cambio que todos verían. Conocerían por primera vez la luz, algo diferente del negro puro, totalmente fuera de sus dos dimensiones.

Imagina también un planeta sin árboles. Ve al punto más accesible para ti dentro de los adecuados y planta la semilla que tienes en tu mano. Vive allí, procúrale el agua, cuida los primeros brotes de los depredadores. Puede que nadie se ocupe de ello, porque es algo desconocido y raro, o puede que sufra persecuciones que acaben talando la vida. Si logras que ése árbol llegue a crecer, al menos tú podrás disfrutar de su sombra. Y alguno más que se acerque por allí. Si se produce una aglomeración en torno al árbol, entonces será el momento de regalar nuevas semillas para que los amantes de la sombra pueblen el planeta de seres verdes.

– Lo entiendo, y me libera en parte de la carga de intentar grandes cambios. Porque no creo en mis posibilidades y temo restar como otra pequeña mosca insustancial de esas cuyas visiones prosperan en los medios gracias a lo barato que es el eco.

Pero, realmente, no sé si esta calma momentánea es fruto de mi propia artimaña para convencerme de que el jugo vital sólo se saborea en vasos pequeños; de que el resto son utopías que cuando torpe e infructuosamente se intentan llevar a la realidad actúan como transformadores de energía potencial en fuegos artificiales efímeros e intangibles, que dejan en las mentes de los que los contemplan una sensación de vacuidad, de que algo ha pasado sin saber muy bien el qué, y que dejan en el mundo una huella de absurda pretensión comparable a un entretenimiento pasajero.

– Artimaña propia o ajena, realidad o imposibilidad… Una vida no alcanza para saberlo. Una vida sólo alcanza para equivocarte contando las capas de una concha y, con suerte, poder reírte de tu error.

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Piensas, luego escribes. ¿Verdad que si?

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