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…pero un día el viento sopló más fuerte y el castillo se derrumbó como si estuviera hecho de naipes. Muchos, los que vivían en él y directamente de él, quedaron de pronto sin recursos, sin ideas, y sin viviendas. El resto, al principio, no se inquietó demasiado.

Estaban los que pensaban que se había cumplido algún tipo de profecía, en la que se castigaba a aquéllos que habían sido poco previsores, que en los tiempos de bonanza habían abusado, y ahora pagaban las consecuencias; si hubieran ahorrado en vez de gastar todo lo que ganaban ahora tendrían suficiente para vivir un tiempo. «Todos sabíamos que el castillo no duraría para siempre».

Estaban también los que se compadecían de una situación que realmente pocos habían vaticinado, y entendían que le podía haber pasado a cualquiera, ya que casi todos los habitantes del feudo también vivían al día, gastando todo lo que ganaban: un buen día te levantas viendo que ha desaparecido tu medio de vida y de pronto te ves inmerso en la ruina. Pero tampoco se sintieron amenazados, ya que ellos “” se dedicaban a labores demandadas, que requerían una preparación que no todos tenían… Se creyeron contemplando un tsunami desde un avión que sobrevuela la costa.

Y así, como un tsunami, avanzó la ola de la escasez, alcanzando a todos. Bueno, a todos no; los que habían vivido en el castillo encontraron la forma de seguir disfrutando de sus privilegios, sin mermar ni un ápice los diezmos reclamados. El debate se centró entonces en cómo los señores podrían mantener sus ingresos cuando parte de los lacayos no podía ya pagar nada.

Comenzó con los primeros, los que desempeñaban ese trabajo que para la mayoría de la gente, incluso para algunas personas que habían volado ocasionalmente, resultaba tan invisible como para no haber ocupado nunca un minuto de su reflexión consciente. Muchos estuvieron de acuerdo en la embestida: en lo sobrevalorado de  sus emolumentos, en la corrupción que parecía rezumar de sus actividades, en la nimiedad de su contribución a la sociedad. La decisión era unánime: recortar sus alas. Y no todos se equivocaban, ni con todos, aunque ésa no era la cuestión, la cuestión era quién sería el siguiente.

Para los segundos ya no se apuntó tan alto, al menos según la escala social vigente en el momento. Los eligieron, no sin intención, por ser uno de esos trabajos que muchos se afanan en criticar y pocos se avienen a probar. La estrategia se basó esta vez en aprovechar las ascuas de la envidia popular para encender la hoguera de la caza de brujas. Y al igual que siglos atrás las llamas se habían tragado a herboristas, médicos y ateos, ahora se ennegrecían pizarras y libros, desdeñosos los incendiarios del precio de la ignorancia. Las masas bulleron con la noticia, y aquéllos que jamás habían intentado siquiera desgranar una manzana fueron los que más vocearon lo fácil que es desmenuzar una granada. La herida fue más allá del simple hachazo, porque hasta los niños, capaces de asumir con naturalidad nuestras iniquidades más retorcidas, se plantaron delante de los maltrechos con aire apático, saliendo de su entumecimiento sólo para recoger con desgana algunas letras sueltas y fabricar con ellas balas, en lugar de palabras. Y así fue como los segundos tuvieron que blindar su corazón y su cerebro para convertirse en dispensadores de letras; letras que ya nadie recogía, ni parecía reconocer como parte de aquéllo que nos hace más humanos: el lenguaje.

Con los terceros se acabó el respeto, que por tantos siglos los había mantenido en el lado ortodoxo de las creencias. En los ojos de muchos volvieron a ser esos oscuros pocimeros que ocultan aviesas voluntades tras enmarañadas explicaciones en defensa de la incertidumbre. Y no fue, seguramente, porque las explicaciones fueran ahora menos inteligibles o la duda más omnipresente, sino porque la masa se había vuelto tan fanática de la inmediatez que no podía comprender aquello que requería siquiera un pequeño discurso. La desgracia de los terceros se concretó en males para todos, más profundos, más dolorosos. Y así, los terceros aprendieron a fijar la vista en la mesa, en periodos de tres minutos, para no infartar su mente con miles de rostros sin esperanza.

La cuarta ola de agravios democratizó, en el sentido más descarnado, el alcance de sus misiles. Los cuartos no tenían profesión determinada que desprestigiar, ni emolumentos sustanciosos o reducidos, ni una característica común mucho más allá de un mal nombre que a fuerza de burlas había mutado su significado para ser sinónimo de vago, despreocupado, cómodo, truhán viviendo su sinecura con el mayor de los descaros. La injusticia del pensamiento superficial quebró siglos de luchas sociales que por fin habían empezado a cristalizar en forma de estado. Golpes duros que recibieron de muchos, empecinados en ver en ellos, por fin, el chivo expiatorio que alejaría la peste de la ruina.

¡Qué equivocados, qué tristes ignorantes marionetas de los poderosos! Cuando por fin llegó a ellos, miraron a su alrededor buscando aún otra diferencia que los salvara de la ola; pero ninguna diferencia podía ya librarlos de su avance imparable, porque era precisamente con diferencias con lo que el ejército enemigo ganaba sus avances.

Por fin, la ola alcanzó a todos; a casi todos. Y todavía muchos no se dieron cuenta de que mientras más se enzarzaban entre ellos, con comparaciones ruines y envidiosas sobre quién debía penar más para expiar la inventada culpa, más lejos quedaba la esperanza del bienestar. Y así la comodidad se alejaba del pueblo, como se aleja una rama de la mano del desesperado que, tratando de escapar de arenas movedizas, se mueve frenético para hundirse más profundo.

Los últimos latigazos azotaron al fin a algunos pocos náufragos con balsa, para los que el pueblo acuñó el término de privilegiados. En el mismo saco caían tanto unos, que con su esfuerzo y cordura habían conseguido un colchón mullido para sus hijos, como otros, que a fuerza de ser caraduras se colgaban de las ramas más altas mientras aullaban como simios descerebrados. Ya nada importaba, la masa avanzaba casi ciega, inercial, como los millones de gotas que forman una ola ensordecedora. Los ideales del progreso quedaban atrás; unos y otros sólo reconocían a los de su clase por el olor rancio de instintos recuperados. Los pobres querían más pobres, en un ansia democrática de extender la desgracia, tan parecida al amargor de un estómago vacío de recursos, y de ideas. Los ricos querían más pobres, coincidiendo esta vez plenamente con el sentir de un pueblo, que sin saberlo les servía de abono perfecto en temporada de plantar oligarquías. Ellos bien sabían, o quizás intuían con ese buen olfato de los que no sienten ningún escrúpulo, que estigmatizar la comodidad era el escondite perfecto para los que aún podían permitirse disfraces.

Un país rico, de repente fue pobre. Todos lo creyeron, y solo desearon que nadie, nadie destacara con la mínima riqueza. La riqueza entendió, se ocultó bien detrás de ropas sin gusto y consignas muy simples; se arrellanó en un rincón oscuro, se convirtió en un ente menos disperso, engordó y se hizo más grávida.

No, no creas que fue al unísono, que el pueblo se volvió homogéneo por una vez. Imagina millones de personas, cada una con sus vivencias, su edad, sus circunstancias, sus conocimientos y su mente. Tampoco creas que la rueda dejó de girar y que el mundo se volvió de repente una esfera perfecta.

Todo momento es una transición entre el momento anterior, y el siguiente.

Stormy Weather

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Una respuesta a “Siguiente

  1. Pilar ⋅

    La ola pasó por otros lugares pero estaban tan lejos que no nos importó. Además somos tan pequeños y tenemos tan poco poder que ni se nos ocurrió remediarlo. Teníamos que haber estado preparados y ahora puede que sea demasiado tarde.

Piensas, luego escribes. ¿Verdad que si?

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