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Llevo tanto tiempo dentro de esta caja. El olor a cielo me llueve a través de aquel angosto agujero que sólo puedo mirar de reojo.

El otro día una gota mojó mi frente; creí que llegaba por fin la lluvia. Era sin embargo tan cálida y densa que no podía ser más que una lágrima. Grité un silencio sin aliento para poder oír cada capa de esta historia. No tuve que esperar mucho para ser atronado con las estridencias mecánicas de un aluvión de planos pensamientos. En mi preso anhelo de sensatez busqué un átomo de presente; mis manos pasaron frenéticas las páginas de un libro imaginario que versaba de diversidad, pero sus hojas se deshicieron como polvo entre mis dedos antes siquiera de llegar a existir. Al final sólo quedó una dura tapa, igual por sus dos caras. Sin capas, sin historia.

Son muchas horas esperando que el mundo sea como nunca ha sido. Son demasiadas indolentes razones para permanecer inactivo. Al menos ahora sé que no hay en el árido ring idea tan fuerte como la del peso de la mayoría.

Uso esta tapa tan plana para romper a golpes mi crisálida. Ya no me duele puesto que no he logrado ser más mariposa que gusano; ¿quién de entre tanto vendado quiere de todas formas mirarme a las alas? Atisbo entre el polvoriento nido de sombras en perpetuo quehacer, y al poco te veo. Nos abrazamos profundo para ser más de dos. Y entonces atisbo, por el rabillo del ojo, una luz distinta, un chorro de agua y una vida fresca. ¿Será que esto sólo es otra caja, será que hay que llegar más arriba?

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Piensas, luego escribes. ¿Verdad que si?

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