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Una mariposa vuela de un punto a otro, se posa muy brevemente, parece mirar en derredor e invitar a seguirla, sigue el camino. Si no la sigues vuelve cerca, como para apremiarte, pero si vas en pos de ella es esquiva y toca apresurarse para seguir su discurso alado y silencioso. Antes o después siempre te deposita en un destino significante, no porque la mariposa sea mágica o esconda una inteligencia mayor que la que le fue asignada. La mariposa es sólo una mariposa, con su función, su belleza lejana y su cercanía de oruga de pelos de colores. La razón por la que la mariposa te lleva a un destino si accedes a seguirla está en ti, en tu capacidad de dejarte llevar por esos pensamientos normalmente enterrados bajo todo un manto gris de cotidianidad y pragmatismo. Si lo haces, afloran deseos, intenciones, ideas incluso creativas, que salen tan disparadas de tu cabeza que acaban aterrizando sobre algún lugar u objeto que se cruza en tu camino, o en el de la mariposa a la que estás siguiendo. Y entonces te parece que ese lugar concreto, ese objeto, tiene un significado especial, que te recuerda a algo, que te hace pensar y producir un destello, aunque en realidad sólo estás mirando de frente un pequeño tesoro que salió de ti.

La próxima vez que veas una mariposa, y te dejes llevar, permanece atento al camino. Quizás así aprendas a pensar sin necesidad de estar distraído.

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Piensas, luego escribes. ¿Verdad que si?

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