“Por ahí he visto tanta alegría, con la mirada llena y la cabeza vacía.” Pedro Guerra

Es curioso como la vida te vacía por dentro. Todas tus aristas se van redondeando para que encajes mejor en un ambiente romo, tan predecible que te hace confundir el café con amigos de la semana que viene con la cena de hace dos. Con la pérdida de tus pliegues pierdes poco a poco tu identidad. Ya no hay abrazos sentidos cuando te reencuentras con ese amigo, porque él ya abrazó a otro hace tiempo; y cómo distinguir sus brazos de tus brazos… La rutina aturde, amortigua, te deja en las raspas de unos pocos gestos comunes.

La edad nos templa; no somos más sabios, decimos las mismas tonterías con menos pasión.

La lucha, la verdadera lucha, no es esa constante reafirmación de nuestros clichés que excretamos instintivamente a la vista de los diferentes. La lucha tiene mucho de interno y algo de externo, de movimiento constante buscando la resonancia con un mundo que cambia, nos cambia y se alimenta de nuestros cambios. Si no estás aquí para aprender algo has perdido tiempo, tu tiempo y el de tantos otros con los que te cruzas a diario.

Me decías hace unos días: floreros llenos, cabezas vacías. No puede llegarte ni llenarte quién está vacío por dentro; para llenar hay que tener, ser, rebosar.

Muévete; anda, corre, camina.

“Nadie sabe… lo que andamos buscando
si un salto hacia la luz
o si nos vamos marchando…” Pedro Guerra

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nadie sabe
aguja

zas, se me clavó un aguijón de consciencia en la garganta, y de repente

no puedo tragar más mentiras, caprichos superficiales ni tardes vacías.

porque cada vez que intento tragar me arde la garganta

y el corazón se me encoge de miedo a convertirme en sombra de vida.

maldigo mis manos torpes que nada hacen

por los que tienen que enterrar los anhelos de toda una vida

en el sótano de una realidad que no merecen.

esta mañana, al cruzarme con ellos, sus ojos

me lloraron un momento con la sequedad del que da todo por vencido

excepto la resignación del día a día en las pequeñas cosas.

la aguja se clavó hondo, una mano fría me rozó la espalda,

y yo, miré hacia el sol y sentí nada.

 

 

 

¿Y tu, tambien pasabas por aqui?

solidaridad, juicio, principios

pasaba por allí

Un trozo de vida me delata, muestra mis debilidades en toda su crudeza, mis elecciones de lo fácil para una vida de concha. No soy sin embargo ese molusco  sin convicciones que no se plantea asumir la valentía de la equivocación. Yo sí me miro en un espejo de repetición, dispuesta a recibir los impactos de la metralla más descarnada. Hay que evitar en esos momentos caer en la tentación de usar espejos de feria, de esos que nos devuelven toda la distorsión que necesitamos para justificar nuestra falta de juicio y nuestro quejoso egocentrismo de víctimas redivivas.

El juicio nos debe acompañar siempre, porque es la piedra que equilibra nuestro pasar por el mundo. Y cuando decía “solidaridad, juicio, principios” parecía que iba a hablar del orden social, de la necesidad de ayudar a otros, de la justicia que existe más allá de los jueces y del convencimiento íntimo de bien y mal que parece no acompañar a los que juzgan según quién y no según cómo. Y en parte sí, hablo de eso. Pero pensándolo bien, hay otro significado más cotidiano, más doméstico, que también se viste del mismo título, y que impacta en nuestras vidas de una forma tan íntima que nos revoluciona el alma. Lo que voy a decir es quizás una verdad de perogrullo.

Cada día paso muchos momentos de lamento por la incomodidad del asiento, por la falta de sueño o porque tú no eres exactamente como imagino en mis desvelos; pero son estas verdades las que también cada día levantan una niebla entorpecedora entre mis ojos y el resto de la realidad.

Y así me pierdo el saborear tantos jugos, por mi mal juicio, por mi mala mesura de cada hecho tangible en mi acolchado mundo.

Como quien por mirar al cielo anhelando volar olvida a los que luchan por dar pasos hacia tierra firme, así pierdo la oportunidad de conocer a esos otros, de saber de sus vidas y participar de ellas, de actuar cada día como si sí formara parte de este conjunto a veces tan solidario que somos las personas.

Si tan sólo creyera por un momento en estos principios que exhibo, quizás llenaría un poco menos de babas tu camino y un poco más de alegría el mío.

-> Y por ti lo intento, casi cada día.

¿Te importa más tener razón que herir a otra persona?
¿Tus “principios” cambian en función de a quién se apliquen, pero no tienes reparo en demonizar a quién no conoces siguiendo rígidas normas estéticas?
¿Persigues con desdén y burla-sin-alegría a aquél que por elegir diferente corre el riesgo de desmontar con hechos certezas que son sólo erradas creencias?
Enhorabuena: eres uno más, que contribuyes cada día a perpetuar el orden tribal que a veces tanto te socava el alma.

Disfruta de tu obra!

El discurso de Enlil: un peu d’espoir

Así que te rindes, ¿eso es todo? Renuncias a la vida de momento, en espera de que las condiciones sean propicias. Abrazas la sombra de la rutina con rigidez desapasionada, y en ese mismo instante recibes tus regalos de bienvenida al mundo de las sombras: unos ojos acuosos velados por el desinterés y una piel gris inhábil como puerta de los sentidos. Sabrás que has entrado en la tumba en vida cuando tu falta de curiosidad sea tan grande como tu falta de sabiduría.

Has sido doblegado, por la fuerza invisible del miedo. Has sucumbido a tu propia cobardía y tu falta de principios. Pobre de ti, porque no hay vuelta atrás. Si quieres saberlo, no estoy aquí por casualidad.

Puedes considerarme como tu último contacto con el mundo de los vivos, de los realmente vivos. Y no es que yo sea uno de ellos, pero tampoco he venido a hablarte de mí. Bástate saber que cuando pare de hablar, tú ya estarás muy lejos, o muy cerca; depende de ti. Considérate afortunado de poder oír palabras sinceras por última vez, porque muchos otros no reciben ese último soplo al oído; su desaparición es mucho más precipitada. ¿Por qué tú? Cada hecho en la vida es en realidad un abanico de opciones. Debe ser que hay opciones.

Empecemos por el principio. ¿Puedes distinguir las sombras de los vivos? ¿Sabes mirar a alguien a los ojos y ver en ellos brillo o muerte? Deberías tomar tu tiempo y mirar, ahora que todavía puedes ver, a la cara a esos que serán tus hermanos de aislamiento. El mundo de los vivos lo conoces, como la mayoría, aunque hay algunos que se quiebran tan pronto que ya casi no lo recuerdan. Esos suelen ser los más débiles, los que menos soportan el dolor, y también los que han sufrido tanto dolor tan pronto que casi no tuvieron opción de saborear la vida antes de abrazar la apacible muerte de la monotonía, del no sufrimiento y de la no vida. Pobres de ellos. Y es que se trata principalmente de eso: de dolor, de miedo, de incertidumbre, de inseguridad, sabores amargos y muchas, muchas derrotas nacidas del riesgo de la generosidad, de la impunidad de los injustos. El dolor, llamémosle así para referirnos a todas esas sensaciones desagradables, es parte indisoluble de la vida. Podría argüirse que sin la existencia del dolor sería imposible apreciar el placer, pero no hay certeza sobre el origen de las sensaciones. Lo que sí es cierto, es que si renuncias al dolor, también renuncias a la vida. La única forma de desconectar la mano que nos oprime el alma es olvidar el tacto de una caricia. Nunca volverás a tener miedo, pero tampoco volverás a amar a alguien con todo el calor de tu cuerpo; ni siquiera podrás recordar lo que es el olor de la tierra húmeda, porque tú ya serás otra máquina diferente, una máquina en la que los programas de la antigua máquina producirán efectos limitados y ecos sordos.

Lo has adivinado: es en momentos de dolor en los que se abre ante nosotros la vía de escape. Y sólo tú puedes elegir; y debes elegir el dolor. Si eliges no sufrir, eliges no sentir, y entonces debes ser muy consciente de lo que te espera al otro lado. Nunca más volverás a ver a nadie. Te cruzarás con miles de personas en tu vida, quién sabe si millones, pero no las verás más allá de los retazos de su aspecto. Ni siquiera serás capaz de ver todas sus partes a la vez: para ti serán una nariz, una falda, un mechón de pelo cano o una lorza. No podrás oler su esencia, ni sabrás lo que es eso. Tus ojos vidriosos cristalizarán en ese momento en una forma determinada, la tuya, y a partir de entonces todo lo verás tamizado por esa forma: lo verás todo deformado, pero tú no podrás entender eso, porque será la única forma de mirar que conozcas. Incapaz de comprender otras lenguas, otros tactos, otras razones, otras ideas.

Al instante la indiferencia se instalará en tu pecho. Cada persona, cada historia, pasará a tu lado sin producirte la mínima emoción; siempre inventarás excusas para no tender una mano, para mirar a otro lado, al lado de la pared lisa que te ayuda a sumirte en el letargo hasta llegar a casa y conectarte a tu máquina de no sentir, de no pensar. Quizás ahora te estés preguntando cómo has llegado hasta aquí, hasta plantearte convertirte en un reflejo plano de lo que has sido. ¿Realmente tu sufrimiento es tan profundo? Sólo tú sabes eso. Yo sólo puedo hablarte de las opciones que dejas atrás, y que son caminos a recorrer por el simple gusto de andar.

Si te conviertes en sombra, te sumarás a la presión leve pero constante que marchita tantas otras vidas. Pero tú ya no lo podrás lamentar, no te sentirás culpable porque no distinguirás el sufrimiento ajeno, no entenderás otras necesidades que claman por placeres que ni siquiera puedes imaginar; porque tú ya no será capaz de saborear nada. El movimiento mecánico será lo único que te ate al mundo. Si te paras, serás como una máquina esperando el desguace, tan absurda.

Sí, claro que hay otra opción, ésa en la que aprendes a separar el sufrimiento del placer, en la que distingues al equivocado y el mezquino del verdadero ser humano, en la que no empañas la totalidad de tus días con los recuerdos de la infamia. Ése puede ser tu camino, el que te lleva a ninguna parte, pasando por todos los lugares del mundo. Te esforzarás cada día, te enfrentarás al miedo, a las dudas, a los cuchillos de aquéllos a los que no les queda más que rencor y amargura. No debes compadecerles, ellos también tuvieron opciones; ellos fueron los cobardes. Tú cargarás con el peso de los valientes, y a cambio, podrás ver, oír, aspirar la vida y todos los regalos del mundo que sólo existen para los vivos. El goteo de piedras no hará mella en tu empeño de seguir adelante, de buscar la sonrisa en cada rincón de tiempo, en oponer resistencia a la marea de zombis. No sumarás el peso de tu amargura a la escena gris que se cierne sobre ti, lucharás por cambiar la queja por la alternativa, por mejorar cada día sin esperar más recompensa que ser más brillante, por aferrarte a tus principios sin grietas en las excusas, por oponer tu verdad al error circundante que te invita a bajar los brazos y convertirte en otra sombra nacida de una excusa. Cuántos hay de los que ahora engrosan el escuadrón de los innobles que antes fueron víctimas ultrajadas.

Y a poco que fuerces la vista, descubrirás a tantos otros como tú, ávidos de ver en los ojos de sus iguales un poco de esperanza.

Llegará un día en que sabrás que no te has rendido, que tu peso nunca sumó en el lado del sufrimiento de otros, que aprendiste a distinguir a cada persona por ella misma y no por su clase. A lo mejor ese día te obsequia con el espectáculo de millones de luciérnagas iluminando cada recodo del camino, desplegando una fuerza infinita y, por qué no, sacando de las sombras a todos los dormidos. Y entonces, te darás cuenta de que un pequeño gesto, un pequeño cambio en el rumbo de una sola vida, es más grande que todo el papel del mundo lleno de mentiras.

Dime ahora, ¿qué has elegido?

Como los inmortales de Borges siento mis sentidos saturados; mire donde mire sólo veo reflejos de una imagen que ya conozco.

Ellos nunca han llegado a entender que los hombres grandes parecen peligrosos en los ojos de sus contemporáneos. Será por eso que siento un profundo agotamiento cuando leo las cosas de los hombres de mi tiempo y las letras se confabulan para repetir el mantra “esto no es más que otra repetición; nada es nuevo, todo ha ocurrido antes”. Y el mantra es en sí mismo otra repetición.

Tiene sentido, o todo encaja. Porque en realidad el mundo no es más que un reflejo del hombre, de cada hombre y de todos los hombres. O más bien la sociedad lo es; el mundo es algo mucho más amplio, más rico, libre y salvaje; el mundo lo es todo, el hombre sólo un parásito. Y la sociedad, reflejo del hombre, despliega siempre sus edades, sus miedos, sus crueldades, sus bondades, su belleza y su maravillosa inteligencia, en cada lugar y cada época. Los matices de la sociedad son casi infinitos, tanto como la variedad de hombres. Pero cada individuo es una combinación de un conjunto de instintos, que es finito, y es muy antiguo. Y la finitud acaba aflorando cuando se mira a la sociedad desde lejos, sin ver a los hombres, a cada hombre. De nuevo la imagen se parece tanto a esos pocos rasgos que nos hacen prescindibles, que la belleza parece recluirse en el corazón de unos pocos seres invisibles.

Pero no me engaño; yo también soy culpable, también soy responsable. Está dentro de cada individuo, también aquí, también a veces en mí, también mis actos han empujado el desequilibrio que nos ha traído hasta este momento. Cambiar la sociedad, borrar sus males, implicaría cambiar el rostro de la diversidad, borrar sus hombres, algunos hombres. La educación es una quimera; el idealismo y la subjetividad nos ciegan. La imagen del mundo está en la mente de los hombres, pero su rostro puede que nos sea por siempre desconocido. Y sin embargo, nunca aprecié tanto a una persona buena como después de haber conocido a un ladrón. Incluso si quisiéramos, incluso si pudiéramos, si comprendiéramos cómo hacerlo, ¿es ése el rostro de la felicidad? ¿No acabaríamos condenados al hastío de las cosas bellas?

Todo ha ocurrido antes, y volverá a ocurrir. El frío que nos agarrota dará paso a un verano que puede que nos llene de optimismo antes de agostar los campos. Y en medio habrá siempre al menos un día de primavera. Ése día estaré alegre, y seguramente algún día más antes de que acabe el invierno. A pesar del hastío de ver cada día el inmutable rostro acerado de este invierno.

¿Será que me he rendido? ¿Será que hace mucho frío? 

“El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

– ¿Lo creerás Ariadna? – dijo Teseo – el minotauro apenas se defendió.”¹

¹ La casa de Asterión, Jorge Luis Borges.