Llevo tanto tiempo dentro de esta caja. El olor a cielo me llueve a través de aquel angosto agujero que sólo puedo mirar de reojo.

El otro día una gota mojó mi frente; creí que llegaba por fin la lluvia. Era sin embargo tan cálida y densa que no podía ser más que una lágrima. Grité un silencio sin aliento para poder oír cada capa de esta historia. No tuve que esperar mucho para ser atronado con las estridencias mecánicas de un aluvión de planos pensamientos. En mi preso anhelo de sensatez busqué un átomo de presente; mis manos pasaron frenéticas las páginas de un libro imaginario que versaba de diversidad, pero sus hojas se deshicieron como polvo entre mis dedos antes siquiera de llegar a existir. Al final sólo quedó una dura tapa, igual por sus dos caras. Sin capas, sin historia.

Son muchas horas esperando que el mundo sea como nunca ha sido. Son demasiadas indolentes razones para permanecer inactivo. Al menos ahora sé que no hay en el árido ring idea tan fuerte como la del peso de la mayoría.

Uso esta tapa tan plana para romper a golpes mi crisálida. Ya no me duele puesto que no he logrado ser más mariposa que gusano; ¿quién de entre tanto vendado quiere de todas formas mirarme a las alas? Atisbo entre el polvoriento nido de sombras en perpetuo quehacer, y al poco te veo. Nos abrazamos profundo para ser más de dos. Y entonces atisbo, por el rabillo del ojo, una luz distinta, un chorro de agua y una vida fresca. ¿Será que esto sólo es otra caja, será que hay que llegar más arriba?

Anuncios

Siguiente

…pero un día el viento sopló más fuerte y el castillo se derrumbó como si estuviera hecho de naipes. Muchos, los que vivían en él y directamente de él, quedaron de pronto sin recursos, sin ideas, y sin viviendas. El resto, al principio, no se inquietó demasiado.

Estaban los que pensaban que se había cumplido algún tipo de profecía, en la que se castigaba a aquéllos que habían sido poco previsores, que en los tiempos de bonanza habían abusado, y ahora pagaban las consecuencias; si hubieran ahorrado en vez de gastar todo lo que ganaban ahora tendrían suficiente para vivir un tiempo. «Todos sabíamos que el castillo no duraría para siempre».

Estaban también los que se compadecían de una situación que realmente pocos habían vaticinado, y entendían que le podía haber pasado a cualquiera, ya que casi todos los habitantes del feudo también vivían al día, gastando todo lo que ganaban: un buen día te levantas viendo que ha desaparecido tu medio de vida y de pronto te ves inmerso en la ruina. Pero tampoco se sintieron amenazados, ya que ellos “” se dedicaban a labores demandadas, que requerían una preparación que no todos tenían… Se creyeron contemplando un tsunami desde un avión que sobrevuela la costa.

Y así, como un tsunami, avanzó la ola de la escasez, alcanzando a todos. Bueno, a todos no; los que habían vivido en el castillo encontraron la forma de seguir disfrutando de sus privilegios, sin mermar ni un ápice los diezmos reclamados. El debate se centró entonces en cómo los señores podrían mantener sus ingresos cuando parte de los lacayos no podía ya pagar nada.

Comenzó con los primeros, los que desempeñaban ese trabajo que para la mayoría de la gente, incluso para algunas personas que habían volado ocasionalmente, resultaba tan invisible como para no haber ocupado nunca un minuto de su reflexión consciente. Muchos estuvieron de acuerdo en la embestida: en lo sobrevalorado de  sus emolumentos, en la corrupción que parecía rezumar de sus actividades, en la nimiedad de su contribución a la sociedad. La decisión era unánime: recortar sus alas. Y no todos se equivocaban, ni con todos, aunque ésa no era la cuestión, la cuestión era quién sería el siguiente.

Para los segundos ya no se apuntó tan alto, al menos según la escala social vigente en el momento. Los eligieron, no sin intención, por ser uno de esos trabajos que muchos se afanan en criticar y pocos se avienen a probar. La estrategia se basó esta vez en aprovechar las ascuas de la envidia popular para encender la hoguera de la caza de brujas. Y al igual que siglos atrás las llamas se habían tragado a herboristas, médicos y ateos, ahora se ennegrecían pizarras y libros, desdeñosos los incendiarios del precio de la ignorancia. Las masas bulleron con la noticia, y aquéllos que jamás habían intentado siquiera desgranar una manzana fueron los que más vocearon lo fácil que es desmenuzar una granada. La herida fue más allá del simple hachazo, porque hasta los niños, capaces de asumir con naturalidad nuestras iniquidades más retorcidas, se plantaron delante de los maltrechos con aire apático, saliendo de su entumecimiento sólo para recoger con desgana algunas letras sueltas y fabricar con ellas balas, en lugar de palabras. Y así fue como los segundos tuvieron que blindar su corazón y su cerebro para convertirse en dispensadores de letras; letras que ya nadie recogía, ni parecía reconocer como parte de aquéllo que nos hace más humanos: el lenguaje.

Con los terceros se acabó el respeto, que por tantos siglos los había mantenido en el lado ortodoxo de las creencias. En los ojos de muchos volvieron a ser esos oscuros pocimeros que ocultan aviesas voluntades tras enmarañadas explicaciones en defensa de la incertidumbre. Y no fue, seguramente, porque las explicaciones fueran ahora menos inteligibles o la duda más omnipresente, sino porque la masa se había vuelto tan fanática de la inmediatez que no podía comprender aquello que requería siquiera un pequeño discurso. La desgracia de los terceros se concretó en males para todos, más profundos, más dolorosos. Y así, los terceros aprendieron a fijar la vista en la mesa, en periodos de tres minutos, para no infartar su mente con miles de rostros sin esperanza.

La cuarta ola de agravios democratizó, en el sentido más descarnado, el alcance de sus misiles. Los cuartos no tenían profesión determinada que desprestigiar, ni emolumentos sustanciosos o reducidos, ni una característica común mucho más allá de un mal nombre que a fuerza de burlas había mutado su significado para ser sinónimo de vago, despreocupado, cómodo, truhán viviendo su sinecura con el mayor de los descaros. La injusticia del pensamiento superficial quebró siglos de luchas sociales que por fin habían empezado a cristalizar en forma de estado. Golpes duros que recibieron de muchos, empecinados en ver en ellos, por fin, el chivo expiatorio que alejaría la peste de la ruina.

¡Qué equivocados, qué tristes ignorantes marionetas de los poderosos! Cuando por fin llegó a ellos, miraron a su alrededor buscando aún otra diferencia que los salvara de la ola; pero ninguna diferencia podía ya librarlos de su avance imparable, porque era precisamente con diferencias con lo que el ejército enemigo ganaba sus avances.

Por fin, la ola alcanzó a todos; a casi todos. Y todavía muchos no se dieron cuenta de que mientras más se enzarzaban entre ellos, con comparaciones ruines y envidiosas sobre quién debía penar más para expiar la inventada culpa, más lejos quedaba la esperanza del bienestar. Y así la comodidad se alejaba del pueblo, como se aleja una rama de la mano del desesperado que, tratando de escapar de arenas movedizas, se mueve frenético para hundirse más profundo.

Los últimos latigazos azotaron al fin a algunos pocos náufragos con balsa, para los que el pueblo acuñó el término de privilegiados. En el mismo saco caían tanto unos, que con su esfuerzo y cordura habían conseguido un colchón mullido para sus hijos, como otros, que a fuerza de ser caraduras se colgaban de las ramas más altas mientras aullaban como simios descerebrados. Ya nada importaba, la masa avanzaba casi ciega, inercial, como los millones de gotas que forman una ola ensordecedora. Los ideales del progreso quedaban atrás; unos y otros sólo reconocían a los de su clase por el olor rancio de instintos recuperados. Los pobres querían más pobres, en un ansia democrática de extender la desgracia, tan parecida al amargor de un estómago vacío de recursos, y de ideas. Los ricos querían más pobres, coincidiendo esta vez plenamente con el sentir de un pueblo, que sin saberlo les servía de abono perfecto en temporada de plantar oligarquías. Ellos bien sabían, o quizás intuían con ese buen olfato de los que no sienten ningún escrúpulo, que estigmatizar la comodidad era el escondite perfecto para los que aún podían permitirse disfraces.

Un país rico, de repente fue pobre. Todos lo creyeron, y solo desearon que nadie, nadie destacara con la mínima riqueza. La riqueza entendió, se ocultó bien detrás de ropas sin gusto y consignas muy simples; se arrellanó en un rincón oscuro, se convirtió en un ente menos disperso, engordó y se hizo más grávida.

No, no creas que fue al unísono, que el pueblo se volvió homogéneo por una vez. Imagina millones de personas, cada una con sus vivencias, su edad, sus circunstancias, sus conocimientos y su mente. Tampoco creas que la rueda dejó de girar y que el mundo se volvió de repente una esfera perfecta.

Todo momento es una transición entre el momento anterior, y el siguiente.

Stormy Weather

Historia de la historia

Hay un peligro en divulgar lo que son simples teorías, que no se sustentan en una cadena relacional lógica de procesos y que están muy alejadas de los conocimientos reales existentes, como conclusiones científicas. Y es que hay un sector del público que está dispuesto a asumir como válidas esas conclusiones, sin revisar las premisas sobre las que se sustentan ni el proceso científico-lógico para llegar a ellas, simplemente porque han sido divulgadas por una asumida autoridad científica, que en la mayoría de los casos no es más que una autoridad mediática. Incluso si se trata realmente de una autoridad científica en un campo determinado, el público debería reservar siempre cierto grado de escepticismo y no creer antes en las palabras de un gurú que en su propio sentido de la lógica.

El peligro se materializa cuando estas teorías son popularizadas hasta tal punto que influyen en el comportamiento de muchas personas, incluyendo legisladores y encargados de interpretar leyes. Se asumen entonces como dogmas conclusiones infundadas que son enarboladas como armas en favor de una determinada opinión volcando sobre ellas todo el peso de “la ciencia”. La credulidad, la falta de criterio y la desinformación hacen el resto, y se acaba practicando un exorcismo a un enfermo mental. Mucha gente hay dispuesta a defender con vehemencia conclusiones falsas, creyendo en su veracidad a pies juntillas, ya que, como dice el dicho “qué atrevida es la ignorancia”.

Y así, siglo más siglo menos, las discusiones y diatribas que guían nuestro día a día y nuestras costumbres están enraizadas en el terreno pantanoso de la ignorancia, los dogmas y la falta de escrúpulos a la hora de usar medias verdades o incluso mentiras en favor de nuestros intereses. En el campo de la opinión todo parece demasiado desnudo y débil, sin embargo, las opiniones revestidas falsamente de razonamientos se convierten fácilmente en un mantra que inocular a millones de personas que se convierten en aliados crédulos de nuestro ideario.

“Saber es poder”, que también dicen. Pero yo me pregunto: ¿lo es realmente en medio de la imperante ignorancia, o saber más sólo te ayuda a ser consciente del mar de mentira en el que nadamos, a la deriva de la ciencia y de la lógica? Por mucho que uno sepa, o crea saber, por mucho que el espíritu crítico le lleve a detectar tantas contradicciones, las mentes cerradas en torno a un dogma son como piedras frente a las etéreas embestidas de la duda.

Qué pena de aquéllos que sufren las consecuencias de la ignorancia en forma de usos contra sus intereses, sus deseos y su bienestar; usos implantados en base a razones inciertas y manipulación de la realidad. Qué pena también de aquéllos que sufren las consecuencias de su propia ignorancia, y que creen en la existencia de un único camino que supone para ellos un poco de un calvario; camino marcado por otros en su propio beneficio, y que se asienta sobre razones inciertas y manipulación de la realidad.

Fuego

Si no hubiera hombres sobre la tierra, el mundo tampoco sería justo.

Si sólo existieran tigres y cucarachas, pájaros y asustadizos roedores, la supremacía sería incierta y el equilibrio más dinámico: ciclos cortos y localizados. La diversidad en las llamas de un incencio, el movimiento absoluto y la  incomodidad de la huida perpétua.

Si creyera que el dominio de una especie trae la paz de la monotonía consensuada, entonces no podría ver las mil formas reflejadas en mil espejos que suman el conjunto aberrante de la sociedad. Cada uno es diferente de los demás; cada uno forma en fila o desordenadamente dentro su subconjunto con aspiraciones a ser un todo; un todo hecho de subconjuntos, a veces prescindibles, a veces incontestables, a veces tan mayoritarios que parece que la única forma de asegurar el fin de su perniciosa influencia sobre la faz del mundo es prender fuego uno a uno a todos sus irrecuperables milicianos.

Si no hubiera hombres sobre la tierra, el mundo tampoco sería justo, pero yo no tendría que caminar cada día rodeada de agujas y cuchillos, sin salida posible de la espiral autodestructiva en la que el mal del hombre sólo viene del hombre.

Entonces la injusticia sería parte de la naturaleza, y el fuego sólo sería la luz del rayo hecha tierra.

Yo critico, yo busco excusas, yo justifico mis errores con los de los demás, yo me desahogo con el débil, yo espero a las condiciones ideales, yo me rindo, yo me comparo… constantemente.

NADIE TE EXIGE, NADIE TE DICE LA VERDAD DE LO QUE PIENSA SOBRE TI, NADIE TE TRATA SEGÚN TUS ACTOS, NADIE SE PARA A CONOCERTE, NADIE QUIERE HABLAR DE TUS IDEAS, NADIE TE DIRÁ NUNCA LO EQUIVOCADO QUE ESTÁS A SUS OJOS.

…no se exige a los “desfavorecidos” para darles; se les idealiza como víctimas inocentes destino de dinero que limpia conciencias y calma deseos de cambio. La cultura del esfuerzo y del trabajo está en vías de extinción; la cordura, la cultura, la sutileza, el conocimiento… Todos se olvidan de ellos: de los que ganan una vida más desahogada porque capitalizan el esfuerzo, de los que cumplen normas, pagan impuestos y gastan con moderación y conciencia, de los que tienen conciencia de grupo y consciencia del bien común. Los libre-pensadores están en vías de extinción; tan incómodos parecen ahora. Con tan dolorosa amputación se cambia la faz de la sociedad para convertirla en una foto de dos dimensiones: la de los conductores dueños del bienestar y del conocimiento, y la de la masa inconsciente, ignorante y maleable. Los ataques indiscriminados a ciertos salarios, a los funcionarios, a los que viven en ciertos barrios, a los que ejercen ciertas profesiones, a los que tienen determinado aspecto y posesiones, son ataques al bienestar de aquéllos que en muchos casos han ganado y ganan su pedazo de vida con el sudor de su frente. Ellos no se rindieron ni buscaron excusas.

Tú y yo no somos iguales. Actos, decisiones, cobardía, esfuerzo, perseverancia, reflexión. Todo pesa en tu presente. Puede que nos veamos cara a cara en cada etapa del camino, puede que cada gramo de mi esfuerzo sea devorado por una masa ávida de carroña. Pero no será en vano. Yo no me sumaré a las miríadas de golpes que entre todos y ninguno crean esta sociedad tan deforme. En el final podrás reconocerme por mi conciencia limpia, por haber conocido la paz de vivir con un rumbo y unas ideas, por no haber pesado en el lado de los que por confusión, convicción o desidia ponen cada día otro ladrillo en el muro.

Mi futuro no es dejar otra mancha absurda en un mundo que podía ser tan bello.

La mayoria de la gente me cae mal

Me parecen unos vagos, o unos desconsiderados, unos malcriados venidos a adultos mezquinos, envidiosos y malintencionados. Muchos son seres del medievo con la mente oscurecida por el desconocimiento y la superstición que rechazan sistemáticamente todo aquello que escapa de su comprensión, que no es poco. En ellos se enquistan odios que atacan por igual lo más precioso y las aberraciones más infames; con su odio todo lo aplanan desde su mediocre mirada a la maravillosa profundidad del universo. Fundamentalistas.

Muchísimos me resultan tan prescindibles, tan simples, destructores de riqueza, potencial masa de clichés; sin origen, sin destino, sin dimensiones más allá de la suprema certeza del ignorante. Aquello que no puedes explicar sale de tus instintos, y los instintos son tan dramáticos, tan peligrosos para la diversidad si no se escuchan con oído evolucionado. Amo mis instintos. ¿Qué les pareceré yo a ellos, a todos los otros? Me juzgan, a cada destello, como yo a ellos. Los comprendo, miro por sus ojos y gesticulo con sus bailes. Lo son, son egoístas sin aspiraciones, en ellos pesa más la desidia de Oblomov que el amor. Una vida extraña, muchas vidas extrañas, qué raro es el mundo.

No pienso en buscar un sentido, sólo en el día a día, en la profusión. Si no existieran los colores no existirían las palabras, no habría nada que contar, o se contaría todo tan rápido que no daría tiempo a saborear un instante de alegría. Yo tampoco tengo sentido, sólo sé que un mundo lleno de seres planos es algo mecánico, no es humano.

Diría muchas más cosas.

Sólo un ejemplo: ya no existe el arte. Se ha convertido en un icono que representa la idea de arte, un icono que esgrimen los soldados del batallón de “los que tienen la razón”. Pero hay un secreto: el arte siempre ha existido y siempre existirá, pero no podrás verlo si lo buscas sólo en las limitadas formas que esgrimen los agitadores.

Créeme, si te cruzaras conmigo no me reconocerías.