¿Te importa más tener razón que herir a otra persona?
¿Tus “principios” cambian en función de a quién se apliquen, pero no tienes reparo en demonizar a quién no conoces siguiendo rígidas normas estéticas?
¿Persigues con desdén y burla-sin-alegría a aquél que por elegir diferente corre el riesgo de desmontar con hechos certezas que son sólo erradas creencias?
Enhorabuena: eres uno más, que contribuyes cada día a perpetuar el orden tribal que a veces tanto te socava el alma.

Disfruta de tu obra!

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El discurso de Enlil: un peu d’espoir

Así que te rindes, ¿eso es todo? Renuncias a la vida de momento, en espera de que las condiciones sean propicias. Abrazas la sombra de la rutina con rigidez desapasionada, y en ese mismo instante recibes tus regalos de bienvenida al mundo de las sombras: unos ojos acuosos velados por el desinterés y una piel gris inhábil como puerta de los sentidos. Sabrás que has entrado en la tumba en vida cuando tu falta de curiosidad sea tan grande como tu falta de sabiduría.

Has sido doblegado, por la fuerza invisible del miedo. Has sucumbido a tu propia cobardía y tu falta de principios. Pobre de ti, porque no hay vuelta atrás. Si quieres saberlo, no estoy aquí por casualidad.

Puedes considerarme como tu último contacto con el mundo de los vivos, de los realmente vivos. Y no es que yo sea uno de ellos, pero tampoco he venido a hablarte de mí. Bástate saber que cuando pare de hablar, tú ya estarás muy lejos, o muy cerca; depende de ti. Considérate afortunado de poder oír palabras sinceras por última vez, porque muchos otros no reciben ese último soplo al oído; su desaparición es mucho más precipitada. ¿Por qué tú? Cada hecho en la vida es en realidad un abanico de opciones. Debe ser que hay opciones.

Empecemos por el principio. ¿Puedes distinguir las sombras de los vivos? ¿Sabes mirar a alguien a los ojos y ver en ellos brillo o muerte? Deberías tomar tu tiempo y mirar, ahora que todavía puedes ver, a la cara a esos que serán tus hermanos de aislamiento. El mundo de los vivos lo conoces, como la mayoría, aunque hay algunos que se quiebran tan pronto que ya casi no lo recuerdan. Esos suelen ser los más débiles, los que menos soportan el dolor, y también los que han sufrido tanto dolor tan pronto que casi no tuvieron opción de saborear la vida antes de abrazar la apacible muerte de la monotonía, del no sufrimiento y de la no vida. Pobres de ellos. Y es que se trata principalmente de eso: de dolor, de miedo, de incertidumbre, de inseguridad, sabores amargos y muchas, muchas derrotas nacidas del riesgo de la generosidad, de la impunidad de los injustos. El dolor, llamémosle así para referirnos a todas esas sensaciones desagradables, es parte indisoluble de la vida. Podría argüirse que sin la existencia del dolor sería imposible apreciar el placer, pero no hay certeza sobre el origen de las sensaciones. Lo que sí es cierto, es que si renuncias al dolor, también renuncias a la vida. La única forma de desconectar la mano que nos oprime el alma es olvidar el tacto de una caricia. Nunca volverás a tener miedo, pero tampoco volverás a amar a alguien con todo el calor de tu cuerpo; ni siquiera podrás recordar lo que es el olor de la tierra húmeda, porque tú ya serás otra máquina diferente, una máquina en la que los programas de la antigua máquina producirán efectos limitados y ecos sordos.

Lo has adivinado: es en momentos de dolor en los que se abre ante nosotros la vía de escape. Y sólo tú puedes elegir; y debes elegir el dolor. Si eliges no sufrir, eliges no sentir, y entonces debes ser muy consciente de lo que te espera al otro lado. Nunca más volverás a ver a nadie. Te cruzarás con miles de personas en tu vida, quién sabe si millones, pero no las verás más allá de los retazos de su aspecto. Ni siquiera serás capaz de ver todas sus partes a la vez: para ti serán una nariz, una falda, un mechón de pelo cano o una lorza. No podrás oler su esencia, ni sabrás lo que es eso. Tus ojos vidriosos cristalizarán en ese momento en una forma determinada, la tuya, y a partir de entonces todo lo verás tamizado por esa forma: lo verás todo deformado, pero tú no podrás entender eso, porque será la única forma de mirar que conozcas. Incapaz de comprender otras lenguas, otros tactos, otras razones, otras ideas.

Al instante la indiferencia se instalará en tu pecho. Cada persona, cada historia, pasará a tu lado sin producirte la mínima emoción; siempre inventarás excusas para no tender una mano, para mirar a otro lado, al lado de la pared lisa que te ayuda a sumirte en el letargo hasta llegar a casa y conectarte a tu máquina de no sentir, de no pensar. Quizás ahora te estés preguntando cómo has llegado hasta aquí, hasta plantearte convertirte en un reflejo plano de lo que has sido. ¿Realmente tu sufrimiento es tan profundo? Sólo tú sabes eso. Yo sólo puedo hablarte de las opciones que dejas atrás, y que son caminos a recorrer por el simple gusto de andar.

Si te conviertes en sombra, te sumarás a la presión leve pero constante que marchita tantas otras vidas. Pero tú ya no lo podrás lamentar, no te sentirás culpable porque no distinguirás el sufrimiento ajeno, no entenderás otras necesidades que claman por placeres que ni siquiera puedes imaginar; porque tú ya no será capaz de saborear nada. El movimiento mecánico será lo único que te ate al mundo. Si te paras, serás como una máquina esperando el desguace, tan absurda.

Sí, claro que hay otra opción, ésa en la que aprendes a separar el sufrimiento del placer, en la que distingues al equivocado y el mezquino del verdadero ser humano, en la que no empañas la totalidad de tus días con los recuerdos de la infamia. Ése puede ser tu camino, el que te lleva a ninguna parte, pasando por todos los lugares del mundo. Te esforzarás cada día, te enfrentarás al miedo, a las dudas, a los cuchillos de aquéllos a los que no les queda más que rencor y amargura. No debes compadecerles, ellos también tuvieron opciones; ellos fueron los cobardes. Tú cargarás con el peso de los valientes, y a cambio, podrás ver, oír, aspirar la vida y todos los regalos del mundo que sólo existen para los vivos. El goteo de piedras no hará mella en tu empeño de seguir adelante, de buscar la sonrisa en cada rincón de tiempo, en oponer resistencia a la marea de zombis. No sumarás el peso de tu amargura a la escena gris que se cierne sobre ti, lucharás por cambiar la queja por la alternativa, por mejorar cada día sin esperar más recompensa que ser más brillante, por aferrarte a tus principios sin grietas en las excusas, por oponer tu verdad al error circundante que te invita a bajar los brazos y convertirte en otra sombra nacida de una excusa. Cuántos hay de los que ahora engrosan el escuadrón de los innobles que antes fueron víctimas ultrajadas.

Y a poco que fuerces la vista, descubrirás a tantos otros como tú, ávidos de ver en los ojos de sus iguales un poco de esperanza.

Llegará un día en que sabrás que no te has rendido, que tu peso nunca sumó en el lado del sufrimiento de otros, que aprendiste a distinguir a cada persona por ella misma y no por su clase. A lo mejor ese día te obsequia con el espectáculo de millones de luciérnagas iluminando cada recodo del camino, desplegando una fuerza infinita y, por qué no, sacando de las sombras a todos los dormidos. Y entonces, te darás cuenta de que un pequeño gesto, un pequeño cambio en el rumbo de una sola vida, es más grande que todo el papel del mundo lleno de mentiras.

Dime ahora, ¿qué has elegido?

sistema

sistema: “Conjunto de cosas que relacionadas entre sí ordenadamente contribuyen a determinado objeto”.

El objeto del sistema de organización humana es mejorar la eficiencia en la producción; lograr, gracias a un mejor ordenamiento y distribución de trabajos, satisfacer las necesidades humanas con un menor esfuerzo individual y cubriendo un abanico más amplio de productos.

Una persona, un grupo reducido de personas, una pequeña comunidad, para ser autosuficiente necesita trabajar más, difícilmente tiene acceso al ocio, el abanico de productos al que puede optar es más reducido.

Se puede mejorar el sistema, la complejidad es grande y las opciones por tanto numerosas. Sólo hay que proponer cambios concretos e intentar analizar el impacto en el rendimiento resultante. Es un pensamiento ingenieril, desprovisto de opiniones. Así funciona un sistema.

Pero las vidas humanas no sólo están influenciadas por el sistema que rige la sociedad en la que viven. El sistema, sobre el papel, puede ser bueno o malo. Las personas, los hombres y mujeres que conviven en sociedad, no están obligados físicamente a seguir las reglas del sistema. Además, es imposible regular toda la complejidad de un hombre, qué decir de las relaciones humanas. Afortunadamente, siempre hay grados de libertad. Desafortunadamente, siempre hay ladrones.

La naturaleza humana, independientemente del sistema con el que nos organicemos socialmente, es muchas veces dura cuando la miras de frente. Aunque fuéramos pequeñas comunidades autosuficientes también tendríamos problemas. Habrá otros sistemas, pero los hombres serán los mismos. Las mejoras sustanciales en nuestras vidas no vendrán de mejores organizaciones, sino de mejores personas.

Sí se puede influir en el comportamiento y actitud de las personas. Yo influyo en el comportamiento de otros, otros en el mío, y cada uno es dueño, y por tanto responsable, de sus actos. Educación, civismo, empatía, solidaridad. ¿Cuántas acciones están en nuestras manos a diario, que aportarían una mejora en nuestras vidas?

La cajera del supermercado comienza a lanzar los productos del siguiente cliente sobre los tuyos, sin esperar a que tengas tiempo de recogerlos, independientemente de que seas una anciana moviéndose con lentitud, o una madre con sus hijos. En un metro atestado, un grupo de 20 personas no es capaz de organizarse para dejar asiento a un anciano o una embarazada. En un metro semivacío, nadie se levanta para dejar asiento a alguien que lo necesita más. El conductor del autobús se planta sobre el paso de peatones esperando a que el anterior autobús que está en la parada la despeje; el semáforo para a rojo entretanto pero los peatones no pueden cruzar porque el paso de peatones está bloqueado. En la recepción de un centro médico, la recepcionista da instrucciones rápidas y difíciles de comprender, en especial para alguien que no trabaja allí o que no va a menudo; cualquier pregunta que hagas es respondida con brusquedad y de forma imprecisa; la segunda pregunta no es respondida y es acompañada de bronca por lo “tonto que eres”. Los ejemplos son muchos, diarios.

No podemos eliminar a todos los ladrones, quizás sí apartarlos, reducir su número, desalentar, dificultar sus robos. Pero la existencia de un ladrón que me roba no excusa mi trato contigo. Ni siquiera sé si a ti también te han robado.

Una vez conocí a un ladrón corrupto. Lo vi de cerca, hablé muchas veces con él. Pasé de la incredulidad a la indignación, fui testigo de sus robos y tristemente vi cómo personas que creía íntegras le defendían ante hechos delictivos manifiestos en nombre de una amistad antigua. Por un tiempo me encerré en el malestar, salí cada día de casa con la escopeta cargada y la razón de mi parte. Parapeté todas mi acciones con la existencia de un villano, o de varios. Un día, vi a una compañera lamentarse: “Los días son pesados, los humores son siempre grises, el desánimo es diario”. Me miré al espejo y vi mi corazón encogido y reseco de tanto rencor. ¿Se merecen todos el mismo trato fruto de mi indignación? No. A partir de entonces intento siempre mirar antes de actuar. No todos somos iguales, afortunadamente. No todos hemos causado el mismo mal. Yo sigo necesitando salir a diario a la calle y cruzarme con una sonrisa y una palabra amable, hasta que se demuestre que merezco lo contrario.

Yo critico, yo busco excusas, yo justifico mis errores con los de los demás, yo me desahogo con el débil, yo espero a las condiciones ideales, yo me rindo, yo me comparo… constantemente.

NADIE TE EXIGE, NADIE TE DICE LA VERDAD DE LO QUE PIENSA SOBRE TI, NADIE TE TRATA SEGÚN TUS ACTOS, NADIE SE PARA A CONOCERTE, NADIE QUIERE HABLAR DE TUS IDEAS, NADIE TE DIRÁ NUNCA LO EQUIVOCADO QUE ESTÁS A SUS OJOS.

…no se exige a los “desfavorecidos” para darles; se les idealiza como víctimas inocentes destino de dinero que limpia conciencias y calma deseos de cambio. La cultura del esfuerzo y del trabajo está en vías de extinción; la cordura, la cultura, la sutileza, el conocimiento… Todos se olvidan de ellos: de los que ganan una vida más desahogada porque capitalizan el esfuerzo, de los que cumplen normas, pagan impuestos y gastan con moderación y conciencia, de los que tienen conciencia de grupo y consciencia del bien común. Los libre-pensadores están en vías de extinción; tan incómodos parecen ahora. Con tan dolorosa amputación se cambia la faz de la sociedad para convertirla en una foto de dos dimensiones: la de los conductores dueños del bienestar y del conocimiento, y la de la masa inconsciente, ignorante y maleable. Los ataques indiscriminados a ciertos salarios, a los funcionarios, a los que viven en ciertos barrios, a los que ejercen ciertas profesiones, a los que tienen determinado aspecto y posesiones, son ataques al bienestar de aquéllos que en muchos casos han ganado y ganan su pedazo de vida con el sudor de su frente. Ellos no se rindieron ni buscaron excusas.

Tú y yo no somos iguales. Actos, decisiones, cobardía, esfuerzo, perseverancia, reflexión. Todo pesa en tu presente. Puede que nos veamos cara a cara en cada etapa del camino, puede que cada gramo de mi esfuerzo sea devorado por una masa ávida de carroña. Pero no será en vano. Yo no me sumaré a las miríadas de golpes que entre todos y ninguno crean esta sociedad tan deforme. En el final podrás reconocerme por mi conciencia limpia, por haber conocido la paz de vivir con un rumbo y unas ideas, por no haber pesado en el lado de los que por confusión, convicción o desidia ponen cada día otro ladrillo en el muro.

Mi futuro no es dejar otra mancha absurda en un mundo que podía ser tan bello.

Como los inmortales de Borges siento mis sentidos saturados; mire donde mire sólo veo reflejos de una imagen que ya conozco.

Ellos nunca han llegado a entender que los hombres grandes parecen peligrosos en los ojos de sus contemporáneos. Será por eso que siento un profundo agotamiento cuando leo las cosas de los hombres de mi tiempo y las letras se confabulan para repetir el mantra “esto no es más que otra repetición; nada es nuevo, todo ha ocurrido antes”. Y el mantra es en sí mismo otra repetición.

Tiene sentido, o todo encaja. Porque en realidad el mundo no es más que un reflejo del hombre, de cada hombre y de todos los hombres. O más bien la sociedad lo es; el mundo es algo mucho más amplio, más rico, libre y salvaje; el mundo lo es todo, el hombre sólo un parásito. Y la sociedad, reflejo del hombre, despliega siempre sus edades, sus miedos, sus crueldades, sus bondades, su belleza y su maravillosa inteligencia, en cada lugar y cada época. Los matices de la sociedad son casi infinitos, tanto como la variedad de hombres. Pero cada individuo es una combinación de un conjunto de instintos, que es finito, y es muy antiguo. Y la finitud acaba aflorando cuando se mira a la sociedad desde lejos, sin ver a los hombres, a cada hombre. De nuevo la imagen se parece tanto a esos pocos rasgos que nos hacen prescindibles, que la belleza parece recluirse en el corazón de unos pocos seres invisibles.

Pero no me engaño; yo también soy culpable, también soy responsable. Está dentro de cada individuo, también aquí, también a veces en mí, también mis actos han empujado el desequilibrio que nos ha traído hasta este momento. Cambiar la sociedad, borrar sus males, implicaría cambiar el rostro de la diversidad, borrar sus hombres, algunos hombres. La educación es una quimera; el idealismo y la subjetividad nos ciegan. La imagen del mundo está en la mente de los hombres, pero su rostro puede que nos sea por siempre desconocido. Y sin embargo, nunca aprecié tanto a una persona buena como después de haber conocido a un ladrón. Incluso si quisiéramos, incluso si pudiéramos, si comprendiéramos cómo hacerlo, ¿es ése el rostro de la felicidad? ¿No acabaríamos condenados al hastío de las cosas bellas?

Todo ha ocurrido antes, y volverá a ocurrir. El frío que nos agarrota dará paso a un verano que puede que nos llene de optimismo antes de agostar los campos. Y en medio habrá siempre al menos un día de primavera. Ése día estaré alegre, y seguramente algún día más antes de que acabe el invierno. A pesar del hastío de ver cada día el inmutable rostro acerado de este invierno.

¿Será que me he rendido? ¿Será que hace mucho frío? 

you make me feel

En la vida hay que ser generoso… hay que ser generoso. Me lo repito a menudo. Siembra, por el gusto de dar.
No busco referentes. No existe lo redondo, somos collages hechos de verdad y de relleno de gomaespuma. Ayer despedazaba con la mente a dos de esas personas que forman mi nube de luciérnagas. Mira, ella una vez me hizo sentir en casa. Y él, el otro en quien pensaba, me ha enseñado a apreciar la ambición como un antídoto de la desidia y el aburrimiento.
Adoro la duda, la inquietud y esa electricidad estática que hace saltar chispas cada vez que toco la vida. Hay tanta gente dormida, y yo estoy despierta, cada vez más. Hay que ser generoso.
La luz está ahí, en trocitos. Mi nube de luciérnagas llena el paisaje de referencias que me recuerdan que entre tanto zombie de camino hacia el polvo hay trozos de vida tan ricos como el mundo.