la historia, escrita sobre piedra, vista desde lo alto, desgranada en átomos;

a veces tan desconocida como una leyenda,

tan articulada, tan cautiva e inspiradora como un pueblo recóndito en el que no has de vivir. 

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Pero las ideas son presente y generan las corrientes de tu charco. Te asomas a esa ventana, que ya no cuelga sobre la calle, sino que es un símil del cristal, para ver con perspectiva la estela de los discursos vehementes, vertidos con entusiasmo lírico e inconsciente. Palabras, tan aplaudidas porque se lanzan directas contra el objetivo luminoso, pero que encierran una cruz de consecuencias no medidas, ni meditadas.

Cegados seguimos al nuevo líder, que no es otro que el viejo líder gritando el viejo discurso apabullante, vestido con piel joven, que tan bien oculta la superficialidad. Ávidos de hacer historia, olvidamos que muchos de los hechos que brillan en los libros están tejidos de momentos aterradores. Precisamente porque siempre fue más importante para el héroe matar al enemigo que salvar al inocente. Precisamente porque después de cada crítica a la abundancia siguió una época de casi democrática pobreza. 

Por eso casi deseo que la rueda se detenga, que no haya más grandes cambios ni revoluciones intensas, ni tenga yo que vivir hechos importantes para nadie, excepto para mí misma.

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Fuego

Si no hubiera hombres sobre la tierra, el mundo tampoco sería justo.

Si sólo existieran tigres y cucarachas, pájaros y asustadizos roedores, la supremacía sería incierta y el equilibrio más dinámico: ciclos cortos y localizados. La diversidad en las llamas de un incencio, el movimiento absoluto y la  incomodidad de la huida perpétua.

Si creyera que el dominio de una especie trae la paz de la monotonía consensuada, entonces no podría ver las mil formas reflejadas en mil espejos que suman el conjunto aberrante de la sociedad. Cada uno es diferente de los demás; cada uno forma en fila o desordenadamente dentro su subconjunto con aspiraciones a ser un todo; un todo hecho de subconjuntos, a veces prescindibles, a veces incontestables, a veces tan mayoritarios que parece que la única forma de asegurar el fin de su perniciosa influencia sobre la faz del mundo es prender fuego uno a uno a todos sus irrecuperables milicianos.

Si no hubiera hombres sobre la tierra, el mundo tampoco sería justo, pero yo no tendría que caminar cada día rodeada de agujas y cuchillos, sin salida posible de la espiral autodestructiva en la que el mal del hombre sólo viene del hombre.

Entonces la injusticia sería parte de la naturaleza, y el fuego sólo sería la luz del rayo hecha tierra.

cajas cajas radios de accion

Y aún así todo es inabarcable. Es lógico, supongo; aunque ya sabes que la lógica puede ser otro ingenio de medida que aplicamos al mundo para que nos dé un valor desvirtuado por la interferencia del instrumento en el simple proceso de medir. El “puede ser”… la falta de certeza, es tan rica y a la vez tan desasosegante en ese día de mirar el reloj como al enemigo que te aleja de la sabiduría. Pero esa masa informe es lo tangible, es el mar de la vida donde todo es arte y energía.

Otro día. La libertad de la bicicleta, sujeta a dos ruedas llenas de radios. Radios de acción que limitan tus movimientos, y los míos. No vamos en la misma bicicleta, ni nos movemos por el mismo universo de cajas castrantes. Aunque Bertol hablaba de cojos que ven palos, algunas lianas son también tangibles. De todas formas, poco importa cuáles son fuertes como la conciencia o reflejos como el amor, porque yo no intento romperlas, simplemente me muevo.

…y al moverme siento la brisa recorriendo mi piel. Estoy aquí, moviéndome. Voy allí, y a veces también me muevo. Sigo el hilo de las corrientes que me atraviesan, a veces llego a un esquina; a veces toco el sol.

Ayer me enamoré de un extraterrestre; él no conocía este mundo, ni yo conocía su forma. No puedo decir más, porque todo lo que diga será limitado.

Siento hambre… y amor. Es revitalizante detenerme en sensaciones conocidas para saborearlas como un destino, en lugar de tratarlas en mi trasiego como una etapa sin parada, solo necesaria para alcanzar otro estado; ése, el que tiene entidad por sí mismo, el que nosotros reconocemos como una forma que merece un nombre. Mi extraterrestre me ha enseñado muchas cosas, pero para mí ésta es la más valiosa. Es un arma poderosa y desestabilizante. Hoy, mientras bajaba las escaleras de mi casa, me posé un segundo en la no-comprensión: una masa informe de mente embarullada esperando que alguien tire del hilo para llegar al orden de una forma con nombre. Hasta ahora sólo había sido eso, una sensación, incluso desasosegante, desagradable, de la que deshacerse cuanto antes para no arrastrar a la mente al lado oscuro de la pequeñez, la impotencia, la ira o el derrotismo. La no-comprensión puede ser una forma por sí misma, sin más consecuencias, y se puede saborear, claro que sí, sin tener que huir de ella o desdeñarla con prisas.

Paradójicamente, al detenerme en la no-comprensión llegué a entender muchas cosas. Pero debieron ser sólo sensaciones, porque las he olvidado todas.